Antonio Guerra: «Cada vez son más los chicos que estudian»

Los padres de Antonio Guerra eran trabajadores golondrina. Vivían en Santiago del Estero, pero en el invierno trabajaban en la zafra del azúcar y en el verano en la cosecha de algodón. Por eso, Antonio nació en Tucumán, y sus 4 hermanos repartidos entre Santiago y el Chaco.

A los 49 años y con tres hijos, Antonio se acuerda de los viajes en carreta: «Era una parva de gente que íbamos para el Chaco y Tucumán. Mis abuelos, tíos, primos. Íbamos en los carros de ruedas grandes, como en las películas, tapados con una lona. Cuando cruzábamos los ríos caudalosos, ataban 10 o 20 mulas de todos los carros para cruzarlos de a uno. Esa vida hacíamos».

«Cuando yo tenía 8 años nos vinimos a vivir acá. Era todo campo. Había sembradíos de orégano, y a unas cuadras estaba el secadero. Recién a los 8 empecé el primario, porque allá no había escuela, y el secundario lo hice en Boulogne, lejos», recuerda Antonio. «A los 12 ya empecé a trabajar vendiendo diarios. Desde esa época empecé a trabajar. Después trabajé de pintor, en una empresa de gaseosas, en una de plástico y hace 20 años que estoy en una metalúrgica».

«Después nos abocamos a criar a los hijos. El más grande estudia Administración de Empresas, y está yendo a entrevistas laborales. El del medio también va a estudiar, y mañana empieza a trabajar en una imprenta. Yo no quiero que tengan que trabajar tanto. A mí el trabajo me honra, es dignidad pura, y ellos tienen que trabajar de la mejor manera posible, vivir mejor que yo. Los ingenieros en el trabajo me dicen: ‘Los primeros dos años tienen que dedicarse a estudiar, aguantalos como puedas’. Esperamos que le den para adelante, que trabajen, que estudien, que tengan una buena familia y muchos amigos».

«Hoy los chicos tienen menos obstáculos. El secundario está más cerca, por la zona tienen dos universidades, están al alcance de la mano. Y se criaron distinto. Con el Club de Fútbol iban a jugar, y después se quedaban horas en el tercer tiempo. Ahí les daban manija para que sigan adelante. No te digo que me ayudaron personalmente a mí, pero a toda la comunidad, a los chicos, que se criaron juntos».

«Hay chicos de la edad de mis hijos que no tienen nada. Dejaron el colegio y están con el poxirrán. No tienen apoyo de la familia. Pero a mí me parece que está aumentando el número de los que siguen estudiando. Más allá de que terminen o no, siempre queda el conocimiento y se aprende muchísimo». «Con los padres cuesta más», reconoce Antonio. «Los hombres no son muy dados. No van, no participan, siempre tenés el 70% de mujeres».

El trabajo que se hace influye a nivel general. Las chicas de handball, por ejemplo, no tenían su equipo, y hoy formaron un buen grupo. Las mujeres grandes se hicieron sus amigas también. En la mateada había mucha gente. El barrio es bastante unido, antes no pasaban estas cosas. Cuando éramos chicos, nos mirábamos con los otros y no nos hablábamos. Ahora, me cruzo con uno y converso, con otro y converso. No llego más a donde estoy yendo».

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