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Mirta nació en Entre Ríos, y en 1988, con su marido, Rubén, y sus tres hijos se vinieron a Los Polvorines. El más grande tenía 12, 8 el del medio y 3 el más chico. Fueron a la escuela acá, y hoy en día al más grande le faltan dos materias para recibirse de Administrador de Empresas. “En Entre Ríos vivíamos en el campo. Plantábamos arroz, criábamos animales, todo lo contrario a lo que hacemos acá”, cuenta, y explica por qué decidieron partir: “Vivíamos para comer y nada más, y aspirábamos a algo mejor, sobre todo para nuestros hijos, para que puedan estudiar”. Tanto ella como su marido pertenecían a una clase media rural, y podrían haber completado el secundario, pero ninguno quiso separarse de su familia. “Aprendimos de todo en el campo, pero no teníamos estudios ni oficio. Teníamos unos ahorros que nos alcanzaron para comprar la casa. Al principio, tenía el contrapiso solamente, ni gas, ni teléfono, ni asfalto, nada, pero siempre con esperanzas de progresar”. Rubén salía a trabajar, pero como necesitaban dinero hicieron un local al frente. Empezaron vendiendo unas pocas cosas, pero el negocio creció tanto que tuvieron que tirar las paredes para ampliar el local y construir la casa arriba. Con el tiempo se sumó un socio y el almacén se transformó en una fábrica de alpargatas: “Compramos unas máquinas viejas, medio obsoletas, y empezamos a hacer de a 20, 30. Después los pedidos nos superaban, cuando podíamos hacer 300 nos pedían 1000. Ahora se amplió, se está vendiendo en muchas provincias y hay 20 personas trabajando”. Hacia el 2001 Mirta se sumó al grupo de Mujeres Nuevas del Programa Familia-Adultos, y participó del curso de 3 años. Entusiasmada, después se sumó a Promoción Social como coordinadora de grupo comenzó a visitar enfermos en el Hospital de Los Polvorines. En los talleres de Promoción Social Mirta es coordinadora de un grupo. Después de las charlas algunos preguntan y otros se quedan callados, pero gracias a que los grupos se mantienen en el tiempo la confianza crece, se conocen las personas y las familias. “A veces te cuentan historias que te quedás fría. Parece que no te van a contar nada, pero de pronto abren su corazón, quiebran y te cuentan su angustia. Por ejemplo problemas de violencia familiar hay muchos, en el grupo se abren y cuentan, preguntan, piden ayuda. Por eso pienso que los talleres son más importantes que la entrega misma de mercadería”. “Hay situaciones que no somos quién para juzgar. Tenemos que ponernos en el saco del otro, porque somos rápidos para opinar, pero si nos ponen en su lugar vamos a ver si no hacemos peor de lo que hizo el otro”, reflexiona Mirta. Y sigue: “Por eso valorar el estar bien y poder darle una mano al que tenés al lado, que podés conocer o no, no importa. Necesitamos tan poco para ser felices, una familia, trabajo, y estar bien con el entorno”. “A veces decís: ‘Yo no tengo nada’, pero todos tenemos algo para dar, porque no es sólo lo económico. Lo más barato y a la vez lo más caro es darse uno, dar tu tiempo. Es algo muy lindo sentirlo así. Yo vengo cargada de energías. No es que me guste ver el sufrimiento, al contrario, pero ante ese sufrimiento quiero ayudar y ser un granito de arena”. Y cuando del barrio se trata, Mirta conoce a todos sus vecinos, siempre le gusta estar si alguno necesita ayuda. “Muchos dicen ‘Si me saco la lotería me voy a...’, yo no, si me llego a ganar la lotería me quedo en mi barrio, yo apuesto a mi barrio, a ayudar acá, a poner un comedor, hacer un colegio, lo que sea pero apostar acá. Desde el '88 que vinimos nosotros mejoró un montón. Cuando vinimos era todo camino de tierra, pero nosotros mirábamos para adelante y decíamos ‘se va a asfaltar’. Bendito sea mi barrio, no lo cambio por nada y apuesto a mejorarlo”. |
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